sábado, 7 de marzo de 2015

Una pequeña declaración



Eo, eo, eo. ¡Eo! ¡EO!
Soy para ti solo esa muñeca, ese objeto,
de simple uso, a tu capricho siempre sujeto.
Soy un arrendajo, no un simple benteveo.
No soy una res nacida para vivir bajo tu arreo.

Ia, ia, ia. ¡Ia! ¡IA!
Todos me conocen, mi nombre es Lía.
Como me llamaste: una laucha de panadería.
¡Pues claro! Lo dices desde tu título en abogacía.
No me importa: de mi vida no te daré la almirantía.

Ea, ea, ea. ¡Ea! ¡EA!
Y sí, a toda honra lo digo y lo grito: ¡SOY PANADERA!
¡La chica que amasa y amasa a la luz de una estrella!
La que por ti, para que tengas pan, sufre cefalea.
Aunque eso no cuenta, necesitas ponerme correa.

Io, io,io. ¡Io! ¡IO!
Soy pobre y no tengo un cobre, ¡lo admito!
Me avergüenza que intentes comprarme con un obsequio.
Ángel por fuera, escondiendo un horroroso monstruo interior.
Da asco que digas que sin ti yo no tengo salvación.

Uo, uo, uo. ¡Uo! ¡UO!
¿Qué esperar de ti que te dedicas a tomar lo que no es tuyo?
Mi peor error fue toparme contigo, eso es lo que concluyo.
A veces no sé si hablas en verdad o eres somnílocuo…
Si a fuerza buscas hacerte amar,  deshecha la idea. Eres exiguo.

Me tienes cansada, niño insolente, lingote de plomo.
Sobrepasaste mi paciencia, mi desdén es monocromo.
Te equivocaste al jugar conmigo y pensar sin normas.
Yo provengo de una familia humilde, que no se conforma
con brillantes luces, colores dorados y delicadas formas.

Soy de las “estúpidas” que buscan el verdadero amor,
mientras buscan a su alrededor esforzarse por un mundo mejor.
Aquellas que abrazan a sus queridos y lloran por los perdidos.
Aquellas que sostienen las manos para permanecer unidos.

Te crees gran cosa y por eso me acosas. Tu ego está herido.
¿Mi familia? No perderé tiempo explicándote lo que hemos sufrido.
Te metiste con ella: error. Siempre permanecimos unidos.
En las buenas o en las malas, aunque siempre hemos perdido.

Por eso alzo mi bandera, para defender el honor que queda vivo.
Lo poco que nos ha quedado, sin duda eso es lo que he elegido.
Y si no puedes entender eso por las buenas, por las malas deberás…
porque a este mundo vine a, por mis propios medios, prosperar.




Y sí, sé que soy terriblemente patética al escribir todo esto en un blog que nadie lee. Lo sé.

lunes, 2 de marzo de 2015

La casa de Cassandra (I)



Sofía estaba ahorcada.
Figurativamente hablando, claro está.  Económicamente hablando.
Ella era una joven de unos veinticuatro años sin empleo y cuentas que pagar.
Una atlética muchacha que se le daba bien escalar. De manos rápidas.
Una desesperada muchacha que no se preocupaba por la fuente de su ingreso.
Una hermana mayor que debía cuidar de su pequeño hermano.
 Creo que ya has entendido lo que quiero decir.
El caso es que ella, más o menos, ya había determinado en su cabeza lo que quería hacer.
En su ciudad, en las afueras, había una vieja casona.
Una vieja casona donde vivía una vieja anciana.
Una vieja anciana sola e indefensa. Y con mucho dinero.
Creo que ya has entendido lo que quiero decir.
La madame era en cuestión una artista ricachona. Ella recordaba haber ido a un pequeño museo de estatuas de cera que ella tenía dentro de su hogar. "La casa de Cassandra". Diez pesos la entrada, lo cual en su momento era una cifra poco despreciable. Había ido en un viaje escolar.
         La última vez que vio la casona, hace poco, notó algo inusual. Los postigos de las ventanas estaban cerrados siempre. Incluso parecía que algunos habían sido soldados. Las puertas estaban siempre cerradas. De noche podían verse luces dentro escapar por entre las rendijas.
         Averiguó un poco lo que los vecinos sabían sobre ella.
Decían que era una vieja bruja. Una loca. Que se había parapetado dentro de su vivienda, enclaustrada bajo su propia voluntad y que nunca le habían visto salir otra vez.
La mujer estaba dentro de lo que parecía una fortaleza…
Pero ella recordaba algo. Una hermosa imagen grabada a fuego.
Una enorme claraboya en el techo.
Creo que ya has entendido lo que quiero decir.