Estática. Ruido blanco. Un par de beeps. El sonido
de algo girando a alta velocidad. Palabras. La nada. Vacío total y completo.
Ruidos extraños e irreconocibles. Quietud total.
Estática. Ruido blanco. Sonidos eléctricos. Luz
brillante.
Eso era lo único que se hallaba en su memoria y así
fue su despertar. Abrió los ojos y contempló un cielo azul y despejado. Su
cerebro se hallaba vacío y era incapaz
de obtener ningún tipo de información de cómo había llegado hasta allí. Volteó
su cara hacia un lado y observó una enorme pila de objetos descartados. Todos
parecían ser de origen inorgánico. Metálicos. Del otro lado vio muchas aves
sobrevolando el sitio y montañas de bolsas. La composición del aire no era
exactamente segura para inhalar. Yacía por encima de un capó que le hacía de
cama. Luego de permanecer inmóvil durante varios segundos contemplando la
belleza del cielo con asombro, reconoció y movió cada una de sus extremidades,
que no le presentaron problema. Lentamente se sentó y miró frente a sí: tenía
una vista panorámica del enorme tiradero en el que se encontraba. ¿Qué estaba
haciendo allí? ¿Cómo es que había terminado en ese sitio? No había ningún tipo
de registro en su memoria acerca de ello. No había ningún registro más allá de
aquellas extrañas impresiones y percepciones.
Lentamente se incorporó y bajó de la montaña.
Mientras lo hacía, observó sus manos sonrosadas y de largos dedos cubiertas por
guantes mitones negros; sus piernas estaban casi al descubierto a excepción de
sus botas negras de aspecto futuristas, sus espinilleras en piel oscuras con
detalles dorados y su short del mismo color. Una vez pisó tierra firme, observó
a su alrededor. Entre las montañas parecían abrirse caminos de paso, como si
fuesen senderos. Por el sitio vagaban seres de cuatro patas con una anatomía
muy marcada e irregular, pero que ella no sabía decir qué eran: dentro de su
cerebro no estaban etiquetados de ninguna forma. Al acercárseles, varios
huyeron y otros tantos le observaron con atención. Caminó entre ellos sin
ningún sobresalto, aunque notaba la tensión de sus cuerpos.
Luego de seguir el camino se topó con seres
humanos. El lugar no parecía estar desolado como había pensado. Podía oír
también a lo lejos sonidos que de alguna manera podía asimilar sin lugar a
dudas a motores nafteros de explosión interna. Decidió realizar un acercamiento
a un pequeño grupo de tres personas que estaban revisando una montaña cercana y
colocando cosas sobre un gran carro a tracción humana. El grupo era compuesto
por un niño de no más de diez años, un adolescente y un hombre anciano. Se
mantuvo a una pequeña distancia de ellos mientras los observaba. Finalmente, el
mayor de ellos se percató de su presencia y gritó:
– ¡¿Qué tanto estás mirando, mocosa?!
Comprendía el idioma, en efecto. Sin embargo, no
entendía la última palabra.
– ¡A vos te estoy hablando, pendeja!
Ella observó a los lados y se dio cuenta de que
solamente estaba ella en esa dirección. El hombre intentaba comunicarse.
– No lo sé – replicó.
– ¿Qué pasa, abuelo? – preguntó el adolescente
mientras se acercaba con el niño.
– ¿Así que no sabés qué estás mirando? ¿Me estás
tomando el pelo?
– No estoy tomando nada. Mis manos están quietas.
– Tranquilo, abuelo, te va a hacer mal. ¿Qué pasó?
– Nada, nene, nada – respondió el anciano.
– ¡Guau! – Soltó el más pequeño – ¡que chica tan
alta! ¡Y qué tiara más rara!
– Tranquilo, peque – le contuvo el muchacho –
¿Necesitás algo? ¿Qué te anda pasando? Perdoná al abuelo, no está de humor hoy.
– ¿Qué es una tiara? – consultó.
– Eso que tienes en la cabeza.
Enmudeció totalmente y el diálogo terminó, pero las
miradas no cesaron de ninguna de las dos partes.
– ¿Ocurre algo? – preguntó nervioso el muchacho.
– No. No lo sé. ¿Debería ocurrir algo? ¿No debería
ocurrir?
– Eh…
– ¡Mocosa maleducada! – chilló el hombre mientras
le lanzaba una lata vacía.
Por reflejo, la interceptó en el aire y la observó.
Una lata de arvejas. La dejó caer.
– Tranquilo, abuelo…
– Me parece que la chica linda está perdida –
indicó el más pequeño.
– ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Estás perdida?
– No puedo ubicarme espacialmente. No sé las
coordenadas de este sitio ni qué es.
– Como ves, esto es un basurero. ¿Cómo llegaste
acá?
– No lo sé. Solo aparecí aquí.
– ¿Te despertaste en este sitio? Que flash. ¿Cómo te
llamás o de dónde sos?
– No lo sé. No logro acceder a ningún recuerdo.
– Hablás raro – dijo el pequeño con una pequeña
risita.
– Dejala, peque. Ella parece estar muy confundida.
– ¿Confusión? No. Carezco de cualquier tipo de
dato.
– Sí, como sea… que joda, ¿eh? ¿Y ahora qué
hacemos?
– Hay que llevarla a la policía – indicó el
anciano.
– Creo que primero tendría que ir al hospital,
abuelo.
– ¿Y si se queda con nosotros? – preguntó el niño.
– Peque, ella no es un perro o un objeto que te
podés quedar si lo encontrás.
– Perro… ¿Perro?
– Sí… un perro. Como cualquier perro. Como esos de
allá.
– Ah… esas criaturas son perros. Comprendo
– ¿Estás jodiendo conmigo y mis nietos, pendeja?
– Hay una posibilidad de que sea extranjera,
abuelo. Habla raro, no sabe ni donde está parada y viste ropa extraña. Digo,
ese chaleco con luces está buenísimo pero no lo usaría: parecés un letrero
andante que dice “robame”.
– ¿Por qué no le decimos que venga con nosotros y
cuando terminemos la ayudamos?
– Es una buena idea, peque. Escucha: no puedo
acompañarte ahora a ninguna parte y no dejaré al abuelo o a mi hermano dando
vueltas solos por ahí. Quédate cerca hasta que terminemos de recolectar cosas y
ahí vemos qué hacemos. Por las dudas, ¿te fijaste en tus bolsillos si no traías
un documento de identidad o algo así? Tarjetas de crédito, carnet de conducir,
cualquier cosa.
Luego de revisarse, encontró todos sus bolsillos
vacíos.
– Esto es un problema… ni siquiera sabemos cómo
deberíamos llamarte.
– ¿Y qué tal Maru? Eso es lo que dice su tatuaje en
el hombro.
Luego de mirarse, contempló un tatuaje que rezaba “M.A.R.U”
del lado derecho y del izquierdo tenía el número “1.0”.
– Maru… – replicó mientras intentaba acceder a
recuerdos y datos profundamente escondidos en su cerebro.
– ¿El tatuaje te dice algo?
– No puedo acceder del todo a la memoria.
– Entiendo… ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Te quedás
con nosotros?
– Sí – afirmó.
– Genial. Vigilá a peque, por favor: tiene una
enorme facilidad para meterse en problemas y no puedo estar todo el tiempo
mirándolo.
– De acuerdo.