viernes, 27 de diciembre de 2013

M.A.R.U. (1)




Estática. Ruido blanco. Un par de beeps. El sonido de algo girando a alta velocidad. Palabras. La nada. Vacío total y completo. Ruidos extraños e irreconocibles. Quietud total.
Estática. Ruido blanco. Sonidos eléctricos. Luz brillante.
Eso era lo único que se hallaba en su memoria y así fue su despertar. Abrió los ojos y contempló un cielo azul y despejado. Su cerebro se hallaba vacío  y era incapaz de obtener ningún tipo de información de cómo había llegado hasta allí. Volteó su cara hacia un lado y observó una enorme pila de objetos descartados. Todos parecían ser de origen inorgánico. Metálicos. Del otro lado vio muchas aves sobrevolando el sitio y montañas de bolsas. La composición del aire no era exactamente segura para inhalar. Yacía por encima de un capó que le hacía de cama. Luego de permanecer inmóvil durante varios segundos contemplando la belleza del cielo con asombro, reconoció y movió cada una de sus extremidades, que no le presentaron problema. Lentamente se sentó y miró frente a sí: tenía una vista panorámica del enorme tiradero en el que se encontraba. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Cómo es que había terminado en ese sitio? No había ningún tipo de registro en su memoria acerca de ello. No había ningún registro más allá de aquellas extrañas impresiones y percepciones.
Lentamente se incorporó y bajó de la montaña. Mientras lo hacía, observó sus manos sonrosadas y de largos dedos cubiertas por guantes mitones negros; sus piernas estaban casi al descubierto a excepción de sus botas negras de aspecto futuristas, sus espinilleras en piel oscuras con detalles dorados y su short del mismo color. Una vez pisó tierra firme, observó a su alrededor. Entre las montañas parecían abrirse caminos de paso, como si fuesen senderos. Por el sitio vagaban seres de cuatro patas con una anatomía muy marcada e irregular, pero que ella no sabía decir qué eran: dentro de su cerebro no estaban etiquetados de ninguna forma. Al acercárseles, varios huyeron y otros tantos le observaron con atención. Caminó entre ellos sin ningún sobresalto, aunque notaba la tensión de sus cuerpos.
Luego de seguir el camino se topó con seres humanos. El lugar no parecía estar desolado como había pensado. Podía oír también a lo lejos sonidos que de alguna manera podía asimilar sin lugar a dudas a motores nafteros de explosión interna. Decidió realizar un acercamiento a un pequeño grupo de tres personas que estaban revisando una montaña cercana y colocando cosas sobre un gran carro a tracción humana. El grupo era compuesto por un niño de no más de diez años, un adolescente y un hombre anciano. Se mantuvo a una pequeña distancia de ellos mientras los observaba. Finalmente, el mayor de ellos se percató de su presencia y gritó:
– ¡¿Qué tanto estás mirando, mocosa?!
Comprendía el idioma, en efecto. Sin embargo, no entendía la última palabra.
– ¡A vos te estoy hablando, pendeja!
Ella observó a los lados y se dio cuenta de que solamente estaba ella en esa dirección. El hombre intentaba comunicarse.
– No lo sé – replicó.
– ¿Qué pasa, abuelo? – preguntó el adolescente mientras se acercaba con el niño.
– ¿Así que no sabés qué estás mirando? ¿Me estás tomando el pelo?
– No estoy tomando nada. Mis manos están quietas.
– Tranquilo, abuelo, te va a hacer mal. ¿Qué pasó?
– Nada, nene, nada – respondió el anciano.
– ¡Guau! – Soltó el más pequeño – ¡que chica tan alta! ¡Y qué tiara más rara!
– Tranquilo, peque – le contuvo el muchacho – ¿Necesitás algo? ¿Qué te anda pasando? Perdoná al abuelo, no está de humor hoy.
– ¿Qué es una tiara? – consultó.
– Eso que tienes en la cabeza.
Enmudeció totalmente y el diálogo terminó, pero las miradas no cesaron de ninguna de las dos partes.
– ¿Ocurre algo? – preguntó nervioso el muchacho.
– No. No lo sé. ¿Debería ocurrir algo? ¿No debería ocurrir?
– Eh…
– ¡Mocosa maleducada! – chilló el hombre mientras le lanzaba una lata vacía.
Por reflejo, la interceptó en el aire y la observó. Una lata de arvejas. La dejó caer.
– Tranquilo, abuelo…
– Me parece que la chica linda está perdida – indicó el más pequeño.
– ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Estás perdida?
– No puedo ubicarme espacialmente. No sé las coordenadas de este sitio ni qué es.
– Como ves, esto es un basurero. ¿Cómo llegaste acá?
– No lo sé. Solo aparecí aquí.
– ¿Te despertaste en este sitio? Que flash. ¿Cómo te llamás o de dónde sos?
– No lo sé. No logro acceder a ningún recuerdo.
– Hablás raro – dijo el pequeño con una pequeña risita.
– Dejala, peque. Ella parece estar muy confundida.
– ¿Confusión? No. Carezco de cualquier tipo de dato.
– Sí, como sea… que joda, ¿eh? ¿Y ahora qué hacemos?
– Hay que llevarla a la policía – indicó el anciano.
– Creo que primero tendría que ir al hospital, abuelo.
– ¿Y si se queda con nosotros? – preguntó el niño.
– Peque, ella no es un perro o un objeto que te podés quedar si lo encontrás.
– Perro… ¿Perro?
– Sí… un perro. Como cualquier perro. Como esos de allá.
– Ah… esas criaturas son perros. Comprendo
– ¿Estás jodiendo conmigo y mis nietos, pendeja?
– Hay una posibilidad de que sea extranjera, abuelo. Habla raro, no sabe ni donde está parada y viste ropa extraña. Digo, ese chaleco con luces está buenísimo pero no lo usaría: parecés un letrero andante que dice “robame”.
– ¿Por qué no le decimos que venga con nosotros y cuando terminemos la ayudamos?
– Es una buena idea, peque. Escucha: no puedo acompañarte ahora a ninguna parte y no dejaré al abuelo o a mi hermano dando vueltas solos por ahí. Quédate cerca hasta que terminemos de recolectar cosas y ahí vemos qué hacemos. Por las dudas, ¿te fijaste en tus bolsillos si no traías un documento de identidad o algo así? Tarjetas de crédito, carnet de conducir, cualquier cosa.
Luego de revisarse, encontró todos sus bolsillos vacíos.
– Esto es un problema… ni siquiera sabemos cómo deberíamos llamarte.
– ¿Y qué tal Maru? Eso es lo que dice su tatuaje en el hombro.
Luego de mirarse, contempló un tatuaje que rezaba “M.A.R.U” del lado derecho y del izquierdo tenía el número “1.0”.
– Maru… – replicó mientras intentaba acceder a recuerdos y datos profundamente escondidos en su cerebro.
– ¿El tatuaje te dice algo?
– No puedo acceder del todo a la memoria.
– Entiendo… ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Te quedás con nosotros?
– Sí – afirmó.
– Genial. Vigilá a peque, por favor: tiene una enorme facilidad para meterse en problemas y no puedo estar todo el tiempo mirándolo.
– De acuerdo.